Marta Giménez Arcusa

Soy Marta, una joven catalana “millenial” del 93, de Terrassa. En mi infancia el tema de la independencia apenas se tocaba y cuando se hacía sólo dos de los alumnos de mi clase se declaraban independentistas y se sentían única y exclusivamente catalanes.

Mi infancia pasó entre clases y juegos en el patio. En viajes tanto por España como por el extranjero con mi familia, recibíamos la admiración de muchos por venir de Cataluña, que en esos momentos era el motor de España y la puerta a Europa.

Llegó la adolescencia y con ella una gran crisis económica, social e institucional. Cada administración la afrontó como pudo, pero en Cataluña, la Generalitat de la “assenyada” Convergència i Unió decidió buscar un culpable externo para tapar su mala gestión durante la crisis económica. Traspasaron toda la culpa a “Madrid”.

Como cualquier populismo, se aprovecharon de la situación de dificultad por la que pasaba mucha gente y, desgraciadamente, muchos compraron su discurso basado en la mentira.

Cuando Rajoy ganó con mayoría absoluta, yo ya estaba en la universidad. La Universidad Autónoma de Barcelona siempre se ha caracterizado por su ambiente hostil para el constitucionalismo y su simpatía con la extrema izquierda separatista. Pero en esa época la situación se recrudeció aún más. Barricadas, cristales rotos, contenedores en llamas eran algo habitual. A eso se le sumaron gritos en favor de ETA y compañeros de clase que lo más bonito que me llamaban era “nieta de Franco”.

Sinceramente, tengo que admitir que lo pasé muy mal. Fue una época dura, pero sirvió para hacerme más fuerte. Aprendí las consecuencias de expresarme con libertad, acepté que me la jugaba por llevar a cabo mi vida habitual, por ir a clase.

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Pero descubrí que, a pesar de todo, siempre merece la pena luchar por lo que uno cree. Que merece la pena luchar por mis ideas y creencias, por la democracia y la libertad, la nuestra y la de aquellos que piensan diferente a mí. En esos momentos me reconfortaron las miradas de complicidad, las palabras de aliento y gestos de afecto de muchos que se acercaban, aunque fuera en privado, para darme su apoyo.

Entré en política, entre otros motivos, por el asesinato de Paco Cano, un concejal del Partido Popular en Viladecavalls, un pueblo cercano a Terrassa. Pero uno de los principales motivos por los que continuo en política es para hacer frente al odio y sectarismo del separatismo.

El culmen de la escalada de crispación llegó durante los fatídicos meses entre febrero y octubre de 2017. Los insultos y las amenazas superaron todos los límites e incluso se instaló en muchos de nosotros el miedo. Casi todo, con el tiempo, volvió a la normalidad, pero ha dejado cicatrices. Muchas relaciones y amistades se han rotado y será difícil recuperarlas. En mi caso, perdí muchas amistades.

Esos días, salir a la calle me costaba. Tenía miedo a que me increparan, especialmente cuando iba con mi familia. El 1 de octubre de 2017 salí para ir a misa. El ambiente en la calle estaba enrarecido, los vecinos no se saludaban y las miradas eran esquivas.

Ese día me llamó una amiga separatista que fue a votar en el “referéndum” ilegal y me pasó a alguien que acababa de conocer en la cola para votar. Este individuo se puso a gritarme e insultarme muy duramente. En WhatsApp se me recriminaba que estábamos matando a gente pacifica, niños y abuelos. Al hacerlos entrar en razón, me insultaron y me echaron de grupos de WhatsApp, porque yo no era, a su parecer, tolerante ni demócrata.

El 3 de octubre fui a trabajar, muchos lo hicimos, el tren estaba repleto y lo puse en Twitter. Los insultos y amenazas por sucumbir y aceptar esa huelga fueron verdaderamente desmesurados, hasta tal punto que mis compañeros de trabajo se ofrecieron a llevarme a casa en coche porque ellos sufrían por mi integridad.

Ese mismo día lloré al escuchar a nuestro Rey. Me hablo a mí, nos habló a todos los catalanes que habíamos sido olvidados, se dirigió a nosotros, a nuestro corazón y sus palabras nos abrazaron. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí acompañada y comprendida.

El tiempo ha ido sanando las heridas, pero el lastre económico-social de Catalunya, no se ha recuperado. Somos una comunidad masacrada a impuestos propios, pero en calidad de vida lo notamos, pero para mal. 

Las empresas se fueron obligadas por la inseguridad jurídica y la política fiscal de la Generalitat. Y mi pregunta es: “¿Hacia dónde van nuestros impuestos?”. Pues en delegaciones, TV3, ANC, Omnium y demás gastos superfluos.

Cataluña no es de nadie en particular. Cataluña es de todos los catalanes que vivimos y trabajamos en nuestra tierra. Cataluña siempre ha sido tierra de acogida y acogedora. Sin embargo, ahora son muchos los catalanes que se han visto obligados a abandonar nuestra propia tierra. Muchos resistimos, por mucho que pueda disgustar a algunos. 

Cataluña, casa meva, ya no es la tierra en la que nací y me he criado, decir que soy catalana ya no tiene las mismas reacciones que antaño.

Aquí lo español se ve con hostilidad, porque no entienden que la españolidad no son golpes de pecho, es el amor, la admiración y el orgullo por lo que somos, un crisol de culturas. 

Desde Cap de Creus hasta Finisterre, de Pirineos hasta Canarias, pasando por Ceuta y Melilla, eso es España, la suma de Todos.

Personalmente, no entiendo otra forma de ser española que siendo catalana. 

Es cierto que mi vida personal y laboral se ve afectada, pero lo agradezco. Quizás porque he normalizado vivir así, pero eso también me permite discernir con claridad entre lo que está bien y está mal. En ver quien me aporta y me suma, de quien resta.

Han pasado cinco años ya desde ese 1 de octubre, muchos se han caído del guindo y han visto la verdad y la realidad.

Hay muchas experiencias y vivencias que no cuento en este artículo, quizás por su dureza y mi privacidad, pero creedme que fue muy duro lo que nos tocó defender para proteger nuestra libertad, cultura y personalidad.

El suflé es cierto que ha bajado mucho, pero se están preparando para volver a las andadas cuando el Partido Popular vuelva a gobernar nuestro país. Cuando llegue ese momento, debemos seguir apostando por la verdad y huir del populismo.

No nos engañemos, los votantes no somos tontos, y los políticos deberíamos dejar de tratarlos como tal.

Yo soy del PP y quizás no sea objetiva, pero Feijóo hace política para adultos hecha por adultos. Feijóo se preocupa por los problemas reales de los catalanes y tiene un proyecto para nuestra tierra y para toda España.

¡VIVA CATALUÑA, VISCA ESPANYA!