JÁLOGÜIN

Vaya por delante que Halloween o Hallowe’en es la contracción de All Hallows ‘evening, o sea, la víspera del Día de Todos los Santos que, de diferente manera y con distinta parafernalia se conmemora en varios lugares del mundo. Y que, a decir de los estudiosos, no proviene de Estados Unidos, sino que fue llevada allí por los emigrantes católicos irlandeses que llegaron al Nuevo Mundo en el siglo XIX.

Como muchas de las celebraciones del mundo católico, esta tiene también sus orígenes perfectamente pagana: la celebración que los celtas hacían del final del verano (en gaélico Samhaim) y el tiempo de la cosecha. Creían ellos que la noche del 31 de octubre las fronteras entre el mundo real y el ‘más allá’ se rompían y los difuntos reaparecían para caminar entre los vivos; así que se disfrazaban para comunicarse con ellos y, para guiarles, colocaban velas en sus ventanas.

Luego, sí, fue el enorme potencial norteamericano el que, a base de películas, publicidad y marketing difundieron por todo el mundo una fiesta que, en puridad, solo data de 1921, en que se celebró en Minnesota el primer desfile de Halloween.

La cosa es que, también en España, que tiene muy otras y más antiguas costumbres para celebrar el día de Todos los Santos y honrar a sus difuntos, la otra noche las calles de nuestras ciudades eran un carnaval de rostros ensangrentados, túnicas negras, guadañas de plástico y demás. Porque otra cosa no, pero a los españoles nos gusta una fiesta, la que sea, más que a un tonto un lapicero.

No es de extrañar, por tanto, que el Gobierno español esté en continua celebración del Jálogüin ese. No porque honre a los difuntos, que los insulta constantemente, poniendo en la calle a sus asesinos para pagar la hipoteca que lo mantiene en la Moncloa. No, es por esa afición al disfraz, la impostura, la farsa, el engaño, la simulación: teatro, comedia, superchería, al final, falsedad, falsificación.

Porque el gobierno español pretende tener distraídos, despistados, a los ciudadanos de una realidad lamentable, cuando no directamente peligrosa, en lo económico, con una vistosa panoplia de cuestiones menores que hacen pasar como trascendentes: que si una pretendida Memoria Democrática postiza y prostituida, que si los tremendos problemas de los niños que creen haber nacido en el género equivocado (y si no lo creen, ya se encargan de hacérselo creer, con las graves consecuencias que ello puede traer para ellos), que si el amago de descafeinar el delito de sedición para que sus compinches catalanes golpistas se vayan aún más de rositas de lo que salieron con sus indultos…

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Y ¿saben? Lo peor de todo es que estos gobernantes de vergüenza no se conforman con la noche del 31 de octubre: lo mismo les da el verano, que las Navidades, que la Semana Santa. La cuestión es disfrazar sus errores, sus espurios intereses -y lo que para defenderlos pactan con enemigos de la democracia española- para que los españoles, como los muertos que reaparecían en Sanheim, vaguemos por nuestra realidad con la pobre guía de una luz en una calabaza.

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Antonio Imizcoz Periodista