José Manuel quiere un Ministerio

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De entre los líderes universitarios a los que les tocó asumir en el año 2007 el liderazgo nacional que los partidos políticos se rehusaron a llevar adelante, José Manuel Olivares Marquina no era el más sobresaliente, —ni por su liderazgo, ni por sus mediocres logros académicos—, opacado por personalidades como las de Ricardo Sánchez, Stalin González, Yon Goicoechea, Héctor Rodríguez, y Freddy Guevara —afines en su momento a hacer apariciones en el canal de Alberto Federico Ravell—, el díscolo, irresponsable e inatento estudiante de medicina era un cuadro político más.

Como veremos, su árbol de relaciones interpersonales, aunado a procederes dignos de la Adelaida Salcedo de Rómulo Gallegos le han permitido ubicarse en un cargo equivalente al objeto de su deseo desde su más tierna edad: La silla de director de la oficina 823 en el octavo piso del edificio Sur del Centro Simón Bolívar.

Con su sonrisa prêt-a-porter, tono socarrón y elocuencia provinciana, el hermano masón de la Logia Unanimidad No. 3 de La Guaira, galeno Varguense, cuyo signo zodiacal lo coloca bajo el sol de Leo, fue dirigente estudiantil de una generación del 2007 que defraudó a todos. Sus atolondrados pasos por la política universitaria, acompañado del sórdido elenco de personajes que ahora se distribuyen a ambos lados del pasillo político de la Quinta República lo catapultaron desde un centro de estudiantes sin sede en un sólo pulso hacia la Asamblea Nacional, no sin antes pasar por dos lucrativas —y fracasadas— campañas electorales a la gobernación de Vargas, terminaría ahora con su cambur más grande y reciente: El nombramiento por parte de Juan Guaidó —otro masón, coterráneo y presidente interino per sæcula sæculorum—como Comisionado para la salud y atención sanitaria de migrantes. 

Por su voz lo identificas, es del combo de los millennials que Alberto Ravell vendió a la sociedad venezolana como “la nueva forma de hacer política” en el año 2007. Las organizaciones políticas con fines electorales —nombre técnico que el Consejo Nacional Electoral da a los partidos—se encontraban muy ocupadas viendo el hipnótico movimiento de la máquina contadora de billetes, de esos dólares preferenciales para una farsa democrática que les financiara a los jerarcas de los partidos sus estilos de vida Fancy y permitiera la emergencia de Grandes Gatsbies y Mata Haris caribeñas. 

Los inicios del varguense

Interesado por el bienestar y la salud, decide cursar estudios de medicina en una escuela extramuros de la Universidad Central de Venezuela en donde la política estudiantil era cosa de unos pocos que realmente se interesan en ella. Para “el morocho”, como lo llaman sus compañeros de promoción, el diploma de médico cirujano es la credencial que él considera necesaria para ocupar la cartera de Salud en un gobierno que sólo ha colocado a charreteras verde oliva en donde van las batas blancas. 

Erigida sobre la cima de una colina caraqueña, rodeada por cinturones de miseria en eterna expansión se encuentra la Escuela de Medicina José María Vargas de la Universidad Central de Venezuela, Alma Mater del mentado Comisionado para la salud. Es un complejo de edificios —parcialmente deshabitados, saqueados a repetición y en precariedad de condiciones por ausencia de mantenimiento—ubicados en el borde de una de las laderas de San José de Cotiza. Un edificio cuya arquitectura dista abismalmente con la estética francesa del siglo XIX que destila el estilo arquitectónico del Hospital Vargas de Caracas. En los no tan recónditos recovecos del brutalismo de concreto donde se forma la crême de la crême médica venezolana se sitúa el escenario donde diera sus primeros pasos como dirigente estudiantil opositor José Manuel Olivares.

Luego de un breve crash-course en política juvenil no tan grácil con las juventudes emeverristas —mancha en su currículum que prefiere omitir— en su educación secundaria en el Colegio San Vicente de Paúl en Maiquetía, y luego en el campus de la Ciudad Universitaria de Caracas, entra a la Escuela de Bioanálisis de la mano del copeyano Rubén Contreras.

Socarrón, dicharachero, fiestero y de buen corazón para sus compañeros de promoción más cercanos, —heterogéneo grupo de los vástagos de distintas acaudaladas familias de alcurnia caraqueña de extracción levantina—, de quienes siempre dependió para poder aprobar las asignaturas, lo recuerdan con cariño. “Es un tipo bien pana, no dejes que su sonrisa te engañe; siempre le vi evidente en su actitud que él quería ser admirado por lo que hacía ‘para los demás’, cuando en realidad, lo hacía para llamar la atención, terminó haciendo política porque para él, la medicina era un trampolín para meterse en lo que le interesaba”, comenta una galena que compartió pupitres con el Hermano Masón de La Guaira y que prefirió el anonimato. 

Muchos de sus docentes hablan maravillas de su labor como político, y poco lo recuerdan como estudiante. Olivares Marquina, junto con otros, se encargó de aglomerar el voto estudiantil de alumnos de la escuela de Medicina en torno a la candidatura rectoral de Cecilia García-Arocha y decanal de Emigdio Balda. Tras el ascenso de las —hoy enquistadas en el poder—autoridades, sus profesores en la universidad prefirieron mirar la TV y los titulares para encontrar un líder joven contra el chavismo, omitiendo contarle al bachiller Olivares sus inasistencias en un conveniente quid pro quo, signado por una suerte de Omertà académico que lo beneficiaba con la posibilidad de ausentarse de las aulas haciendo uso de la credencial que le otorgó Tony Chacón cuando ocupaba la presidencia de la comisión electoral de la UCV en la Quinta Silenia de la urbanización La Floresta del municipio Chacao.

Las apariciones esporádicas del Varguense en los salones durante las clases de Salud Pública, —materia fundamental para entender el sistema público nacional de salud, y de las cuales el joven diputado se jubilaba cada vez que podía— contrastaban con su deseo a viva voz de querer ser ministro.

Y es que si Olivares Marquina no hubiese escogido la profesión de José Gregorio Hernández hubiese sido un buen extra en un set de dramas como ER o Chicago Hope: Es histriónico, y tiende a gesticular con sus manos lo que no puede expresar con elocuencia. Acomplejado por su apariencia personal en sus años estudiantiles, solía retocar su tez morena en el baño de la planta baja del edificio Ciencias Básicas II con un compacto Clinique color verde, que guardaba en el bolsillo derecho inferior de su bata, detalle que el personal de seguridad de la escuela de medicina —chavistas rodilla en tierra con quienes siempre tenía roces por estacionarse donde no le correspondía— recuerda con sorna.

Del Centro de Estudiantes a la Asamblea Nacional

El período 2006-2007 constituyó para la oposición venezolana un período de gran oportunidad de lucro; el chavismo tenía años cobrando políticamente sus victorias concertadas con Smartmatic— Referéndum revocatorio presidencial, elecciones legislativas y campaña presidencial, all things connected.  

Es en el contexto de una Venezuela obnubilada por la fiebre de las candidaturas que José Manuel Olivares decide postularse a las elecciones del Centro de Estudiantes de la Escuela de Medicina José María Vargas—el CEEV— en un momento en el cual el financiamiento de los partidos políticos quedaba a cargo de los tratos bajo cuerdas, y la extensión de sus tentáculos proyectaba hacia las universidades como semillero de nuevos liderazgos y votos consecuentes de nichos duros en el ya gastado modelo de clientelismo político que caracteriza a la quinta república bolivariana, accidente histórico cuya gran mayoría de su liderazgo ejecutor es —vergonzosamente— egresado de la casa que vence la sombra. 

La Escuela de Medicina “José María Vargas” tenía un centro de estudiantes prácticamente inoperante y  carente de sede —la Sociedad Científica de Estudiantes de Medicina, una serie acuerdos y comodatos para la colocación de una proveeduría, y un centro deportivo habían dejado al gobierno estudiantil sin espacios físicos— cuestión que el Enfant terrible, picaflor y galán, aparte de articular su equipo y ofrecer un espacio para el funcionamiento del cuerpo colegiado, no tardaría de usar sus encantos para acercar a su órbita política de Un Nuevo Tiempo a distintas chicas con simpatías compartidas entre la tolda nívea, la amarilla y la izquierda abertzale, intríngulis personalísimos que terminaron en amargas desavenencias —que no desamores— los cuales después le harían perder el Centro de Estudiantes unos años más tarde. 

No perdería tiempo el oportunista guaireño, quien, con la misma astucia de un corsario caribeño, rápidamente arrimara sus sardinas a la brasa del gran negocio de las campañas electorales estudiantiles. Su agrupación “Un Sólo Pulso”, —portmanteau prestado de “Un Solo Pueblo”, la fugaz agrupación del camaleónico William Ojeda y la agrupación musical con simpatías rojas— tomó el color naranja del Movimiento al Socialismo, las manos blancas y mentalidad tribal de sus partidarios quienes —como los Uruk-Hai de J.R.R. Tolkien— se lanzaron agresivamente a los pasillos de la escuela médica para hacer una campaña admirable y ganar un landslide election en el año en el que Ricardo Sánchez junto a Juan Pablo López Gross —ungidos por la Rectora García-Arocha, Alberto Federico Ravell y Leopoldo López—hacían sus pinitos en la prestigiosa Federación de Centros Universitarios de la UCV.

Su gestión destacó por la masiva carnetización que su equipo logra organizar con su peculiar red de contactos —pléyade de empresarios, banqueros, zares de aseguradoras, abogados y médicos—, muchos de los cuales, por medio de un loophole en la forma en la que se otorgaban los aportes de la Ley Orgánica de Ciencia, Tecnología e Innovación lograban pagar la matraca con las que el entonces bachiller lograba aportes para financiar sus ostentosas —y gastivas— campañas, que incluso para el nivel de lentejuelas y lujos que comulgan en el pequeño éxclave ucevista hacían lucir a las campañas electorales estudiantiles de Freddy Guevara y Yon Goicoechea en la Universidad Católica Andrés Bello como rifas provincianas.

Su equipo de trabajo logró brillar en la colocación de esporádicas rutas de transporte al campus, organizar ocasionales mercados de libros médicos, y sentar las bases del mercantilismo político en el mundo universitario del pequeño ecosistema que el brutalismo de concreto que la escuela médica ofrece. No faltaron las nunca comprobables acusaciones de manejos dolosos de recaudaciones y el tráfico de influencias en otorgamiento de puestos de estacionamiento. 

Olivares siempre se caracterizó por ser capaz de poder juntar a sus lugartenientes para sacar a los estudiantes de las aulas de clases y ponerlos como carne de cañón ataviados de batas blancas en marchas en las cuales se colocaba a la vanguardia hasta que llegaban los piquetes de las fuerzas del orden público, momento en el cual hacía unos actos de escapismo dignos de Harry Houdini. El pujante dirigente organizaba hasta las consignas a gritar por parte de la turba haciéndolas incluyentes, políticamente correctas y eliminando todo atisbo de radicalismo político del discurso en los pasillos con el “suma y no restes.”

«En su paso por el Consejo Universitario votaba contra propuestas que beneficiaban a los estudiantes si eran emanadas del bando contrario a Cecilia García Arocha», comenta el profesor titular Rómulo Orta, miembro del mentado cuerpo colegiado de la Casa que vence la sombra cuyas mociones eran objeto constante de los votos negativos de Olivares. «Su visión miope de la salud pone a la red de atención primaria en un segundo plano, lo de él es resolver con hospitales», comenta el urólogo, experto en salud pública, y antiguo dirigente gremial Eduardo Rivas.    

Era la época de las declaraciones frente a los micrófonos de la G dorada: Tardes esporádicas con Leopoldo Castillo, y las buenas noches con Roland Carreño, Kico Bautista & Carla Angola. José Manuel, fanático de una cámara y el espectáculo, tenía un pequeño séquito quienes documentaban para las redes sociales —emergente plataforma que le diera voz en la cotidianidad junto a los medios convencionales— todos sus movimientos. 

Comenzó para el joven líder estudiantil, cuya presidencia en el Centro de Estudiantes, y un cómodo puesto en el Consejo de Facultad le permitieron expandir aún más su vasta red de contactos, los cuales utilizaría para conseguir para él y su grupo una miríada de oportunidades: Notoriamente, ser el candidato de la unidad frente a Jorge Luis García Carneiro en las elecciones regionales del Estado Vargas.

Político bananero al fin, prometía a sus profesores trabajos como adjuntos en la red de sistema de salud del estado insular de resultar electo, aunado a la construcción de una universidad, ampliar el puerto de La Guaira y el aeropuerto de Maiquetía con la promesa incierta de que sin testigos en los centros electorales, podría convertir al estado destruido por el deslave de 1999 en la puerta de entrada al país. Tras recibirse como médico cirujano de la república, decide cursar estudios de postgrado en el Hospital Universitario de Caracas como radioterapeuta oncológico sin mayor brillo, donde destacó más su activismo político al hacer visible el drama de los pacientes con cáncer que sus habilidades como galeno.

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Protestando en el Sambil con alias «Goico», el allendista Pizarro y un diputado Brito en el background.

El árbol de relaciones de José Manuel Olivares

En cuanto a las materias del corazón, el galán de la costa, —quien rompió el corazón de más una en la escuela de medicina—, finalmente se casaría con Jofreny González Canelones, abogada egresada de la Universidad Metropolitana, en una suntuosa boda en el hotel Marina Grande. Su esposa se desempeñó en un cargo de la alta gerencia de Multinacional de Seguros, propiedad del empresario chavista Tobías Carrero, quien también es dueño del local donde José Manuel y Jofreny celebraran la recepción de sus nupcias a la cual asistiera Carrero, que también rentara el local —en otro momento— para las nupcias del hijo de Jorge Luis García Carneiro.

Es aquí donde el árbol de relaciones de Olivares se enmaraña, ya que en su derredor se topa con personajes como Omar Veracierto, actual director de rentas del Municipio Maneiro del estado Nueva Esparta y quien antes trabajara para la contraloría del chavista Antonio Rodríguez San Juan. Veracierto es primo de Juan Guaidó por medio de su madre, y primo de Morel David Rodríguez Salcedo, actual alcalde de Pampatar —todo queda en familia.

Actualmente Jose Manuel recibió la venia de la presidencia interina al ser nombrado en ese reciente cambur. “Debe estarla pasando mal porque él siempre fue la estrella en Vargas en desmedro de Guaidó, a quien él y su equipo le hicieron bullying eternamente. Tuvo que jalarle bolas después que llegó a interino”, comenta Daniel Lara Farías, internacionalista y conductor de “Así nos Va” en Radio Caracas Radio quien es guaireño y fue activista político en esa región durante años al ser contactado para la realización de este trabajo, quien siempre tan elocuente resalta que si Olivares hubiese tenido buena asesoría vocacional hubiese sido en lugar de político un excelente galán de producciones dramáticas dignas de los canales de Quinta Crespo y La Colina. 

Con su nuevo cambur, árbol de relaciones y una cómoda estancia entre Bogotá y Miami, Olivares comparte su tiempo haciendo lo que le gusta, la política en tertulias con su convive de larga data, el bachiller vuelto embajador Miguel Pizarro. Mientras tanto, Venezuela entra al último cuatrimestre de un atribulado 2020 en dramática situación hecha cotidianidad para la mayor e influyente diáspora Venezolana


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