De Berlín a Sao Paulo

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Como cada 9 de noviembre desde 1989, los círculos de amantes de la libertad celebraron la caída del muro de Berlín como símbolo tangible del derrumbe del sistema soviético. Por primera vez desde que tengo conciencia política, decidí que no tenía nada que celebrar.

Desde luego que es motivo de alegría el desarme de la amenaza marxista. ¿Pero realmente eso sucedió? Tendría más sentido el alunizaje.

Más allá de la reunificación alemana, el peligro encarnado por los profetas de la igualdad a balazos no cesó. Los comisarios políticos abandonaron los cuarteles para adentrarse en las academias de América y Europa.

Cayó el muro de Berlín, sí, pero no olvidemos que aquella muralla tuvo un leit motiv cultural: evitar que la cosmovisión del occidente liberal penetrara la conciencia de los pueblos allende el telón de hierro.

Los soviéticos buscaron también el confinamiento de todo espíritu libre, por supuesto, pero el brutal ensañamiento y presidio no deja de lado la concepción del muro como frontera ideológica.

Se demolió aquella nefasta muralla que como cicatriz infesta, supuró ríos de sangre en el cariz germano; al tiempo que se abrían de par en par las compuertas que separaban al mundo de los vivos del mundo de los esclavos. Caía el muro, pero también la represa: se desbordó la corriente socialista en la que ahora nos ahogamos.

Nadie se percató que en ausencia de luz, solo queda oscuridad. La sublime fractura desnudó al materialismo histórico, para proponer en su lugar un materialismo nihilista.

Desde España, hace medio siglo, partieron aguerridos voluntarios con la misión de vencer militarmente al comunismo. Estos bravos embajadores en el infierno contaban con un auténtico arsenal de canciones bélicas para avivar sus espíritus. Uno de esos himnos de combate reza «avanzando voy, para un mundo sombrío llevamos el sol». Décadas después, el mundo libre llegó hasta ese mundo sombrío, pero con el sol hundiéndose en el ocaso.

La misma nocturnidad taciturna en la que alza sus alas el búho de Atenea. Una sabiduría que parece llegar siempre demasiado tarde.

Hace tiempo que occidente como civilización abandonó sus principios rectores, aquellos que nuestros ancestros clásicos llamaban mos maiorum y referían a los altares del templo y el fogón de los hogares. Sin Dios ni patria, imbuidos por la doctrina suicida del postmodernismo, naufragamos no solo sin rumbo sino sin siquiera reconocer los puertos desde donde zarpamos.

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La visión utilitaria, mercantilista y masificadora se impuso por sobre todo ímpetu aristocrático. Con razón, acusamos al pensamiento socialista de subvertir el orden natural, pero obviamos que el occidente plástico y global que vivimos es un espectro usurpador de nuestra cultura apolínea y primigenia.

Ante esta debilidad intestina, los bárbaros que siempre aguardan a las puertas conspiraron con los traidores entre nuestras filas. Y fue, no el búho de Minerva sino el buitre de Marx el ave que aleteó desde Berlín hasta el corazón de Iberoamérica.

La nomenklatura soviética junto a sus socios caribeños, invirtieron sus recursos para un último ataque subrepticio que tardaría años en ser detectado: replicar al sistema de terror rojo en un hipotético nuevo Hearthland.

Años de avanzada guerrillera, infiltración marxista en las academias, y la subversión militar lo consiguieron. El Foro de Sao Paulo fundado por Lula Da Silva y Fidel Castro apenas un año después de la caída del muro de Berlín jamás escondió sus intenciones, antes, se consolidó en la logia y ahora el cartel más poderoso del continente. De aquella libertad, imperfecta claro está, que en 1989 parecía gozarse en Venezuela y gran parte del hemisferio, ya nada queda.

Que quede claro, no se entiende la existencia del Foro de Sao Paulo sin la desaparición del muro de Berlín. Son eventos concadenados.

Creo que en lugar de celebración debemos tomar la caída del muro de Berlín como una fecha para la reflexión. Repensemos las múltiples formas en que a menudo nos encontramos subestimando a los enemigos de la decencia. Mientras asumimos como derrotado al comunismo, este apenas se declaraba en tregua.

Lamentablemente, de Berlín a Sao Paulo son ciertas las palabras de Nicolás Maquiavelo: «La guerra no se evita, sino que se retrasa para ventaja del enemigo».


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