La indignación armada

Por Manuel de la Cruz, desde España

La indignación. Habría que tener la sangre muy fría, en escala reptiliana, para no sentirse conmovido por el trágico naufragio de compatriotas venezolanos que se sumó hace días a la calamitosa sucesión de hechos luctuosos que evoca el nombre de Venezuela.

Niños cadavéricos, cuyo rostro devorado por los avatares del mar flotaban también en actualizaciones de redes sociales, encarnaron la forma más fidedigna de representar al rostro de nuestra insepulta Tierra de gracia, nación que como dice la canción, naufraga porque el tifón comunista rompió sus velas…

Todo esto es terrible, sí, pero no sorprende. Basta con conversar sobre el tema con un venezolano para comprobar el cómo la sociedad ha asumido lo trágico como elemento sine qua non de la cotidianidad criolla.

¿Nueva normalidad? ¡Los venezolanos tenemos una nueva normalidad desde hace dos décadas! Entre el confinamiento impuesto por la asonada delincuencial y las ciento de miles de bajas efecto de la paz chavista, el venezolano ha sobrevivido una pandemia de proporciones mayores.

Hoy son náufragos arrojados a una muerte segura por los mandatarios de Venezuela y Trinidad, ayer fue un boy scout de 14 años asesinado por la tiranía, el otro día un centenar de universitarios masacrados por protestar. Y así. No salimos de un bucle sangriento en el que todos al unísono nos indignamos y acongojamos, solo para que al cabo de una semana, asumamos tragedias abominables como parte de nuestra danza macabra tricolor.

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Indignación. Imagen de iStock / Getty Images

¡Ay de Bassil Dacosta! debió sentir un terrible frío devorando su cuerpo al tiempo que la impotencia torturaba sus últimos pensamientos. Yo estuve allí, frente a su cadáver sobre el pavimento, y fui uno de los que gritó venganza. ¿Pero cómo? También yo me quedé inútilmente indignado.

Hay que detener todo esto de golpe. Tenemos que propagar la idea de que entre las miles de formas de morir en Venezuela, la más digna y honrosa es intentar derrocar a la tiranía por todos los medios posibles. Y esto implica al menos la organización de una reconquista armada.

Quien muere combate al menos se lleva consigo la satisfacción de haber herido a la bestia.

Bajo los ojos de nuestros ancestros, con el tiempo detenido por la adrenalina y el olor a gasolina y pólvora, solo podía fijar mi mirada en ese triste rostro que por accidente del destino no fue el mío. Allí, vi luego el fuego de tantos valientes encapuchados que maldecían el no poder cambiar así sea por un instante las rocas de sus cansados brazos por un par de fusiles.

Nuestra juventud tuvo el temple heroico de asumir desarmada una sangrienta guerra contra la tiranía. De haber vivido en otra época, esta generación sería recordada junto a los 300 lacedemonios. No exagero. Lo único que nos diferencia a los guarimberos, de los victoriosos de Ribas que resistieron a Bóves, fue la tenencia de armas.

Un domingo en la mañana, varios amigos trabajábamos limpiando un campo. De esos que los geógrafos denominan taxativamente como bosque lluvioso tropical. Mientras quemábamos la hierba mala, y derruíamos malezas, dimos con un árbol moribundo que se negaba a ceder.

Golpe tras golpe, el hacha parecía no poder hacer mella. Hasta que el más veterano miembro del grupo, ese que como militar y luego policía sobrevivió las conspiraciones y asonadas de nuestra Venezuela contemporánea, dictó: – A este árbol se le tumba como a los gobiernos, con arrechera-. Tras eso, tuvimos leña.

En Venezuela ya tenemos ese perfecto odio contra los enemigos de lo bello, lo justo y lo elevado. Aquella arrechera que nos hacía falta en la anécdota. Solo necesitamos dar con las hachas para empezar a arrancar al socialismo golpe tras golpe. De allí mi súplica para todos los amigos de la patria: ¡Armemos nuestra indignación!

Quien me conozca sabrá que prefiero hablar ya no de resistencia sino de Reconquista, pues estamos un estadio histórico que impone a las fuerzas vivas de la nación la responsabilidad de recuperar por la fuerza el territorio perdido. No es viable ocupar espacios ni convivir con la insolente suela del extranjero. Hay que ir a por ellos y volcar el temor. ¡Que los socialistas nos teman hasta que huyan!

Por eso, bajo la idea llamada Reconquista de Venezuela, planteo que construyamos esa necesaria indignación armada. Cada venezolano en el exilio debe constituirse en portavoz de la futura cruzada por la libertad. Consolidemos un auténtico lobby en todas las naciones amigas del país, con el objeto de obtener el apoyo estratégico y bélico para sepultar de una vez por todas a la tiranía socialista.

En tus manos está detener el naufragio de Venezuela.

Manuel de la Cruz es politólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela. Pueden seguirle en Twitter, y en su website.

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