23 de Febrero de 1981: Crónica de un Golpe de Estado

23 de febrero de 1981: Terribles horas inciertas

  • por Javier Rupérez.

Había llegado al Congreso de los Diputados con el tiempo justo para asistir a la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno. Simultaneaba mis obligaciones como Diputado de UCD por la provincia de Cuenca con las de Embajador Jefe de la delegación española ante la sesión de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa que en aquellos momentos se reunía en Madrid y una temprana sesión vespertina de la Conferencia me habia retenido en el Palacio de Congresos de la Castellana más tiempo del que yo hubiera querido.

Casi sin aliento me senté en mi escaño en la tercera fila del hemiciclo, al lado de Marisol Arahuetes, tambien diputada por Cuenca, que vertió sobre mi apresurada llegada una suave mirada de reproche.

Fueron pocos los minutos que trascurrieron antes de que el primer secretario del Congreso, Víctor Carrascal, ocupara la tribuna y desgranara uno a uno los nombres de los diputados para que desde el escaño y a viva voz emitan su voto. Era una sesión importante pero al mismo tiempo de trámite.

Los discurso del candidato y de sus partidarios y opositores habían tenido lugar unos dias antes y, aunque en la primera votación Calvo Sotelo no habia obtenido la requerida mayoría absoluta para ser investido, en esta segunda contaba con los respaldos suficientes para lograrlo por la simple. Se trataba de esperar con paciencia a que transcurriera el rosario de nombres y al cabo aplaudir con fuerza al elegido.

Apenas una hora empleada en contemplar pacíficamente el previsible espectáculo.

Pero cuando Carrascal acababa de mencionar el nombre del diputado socialista Núñez Encabo, Manuel, se oyen extraños y poderosos ruidos y voces provenientes del pasillo exterior del hemiciclo y mientras Carrascal, extrañado, levanta  su cara de la lista de los diputados y mira hacia los lados intentando averiguar lo que sucedía, la puerta del hemiciclo situada a la izquierda de la presidencia se abre violentamente y un guardia civil bigotudo con una pistola en la mano derecha e inmediatamente seguido por otros miembros del mismo cuerpo, armados con metralletas, irrumpen en la sala.

golpe espana 23f

Me invade una profunda sensación de irrealidad antes de rendirme a la evidencia: ya tenemos el golpe, me digo, con infinito horror.

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Por los medios políticos y periodísticos de la capital circulaban insistentemente rumores sobre su preparación y se mencionaban al menos dos nombres de los posibles protagonistas. Uno era un militar, de apellido Ynestrillas. Otro, un guardia civil, llamado Tejero.

Ninguno en mi conocimiento habia tenido suficiente exposición pública como para que yo pudiera identificarlos y mi primera adjudicación va hacia el militar.

Miro hacia Marisol para confirmarlo pero veo su cara teñida de una profunda y paralizada palidez. El presidente del Congreso, Landelino Lavilla, se levanta para hacer frente a los invasores uniformados pero el del tricornio le empuja sin miramientos mientras que desde el podio se dirige a los diputados, levanta la pistola y antes de comenzar los disparos en los que le acompañan varios del grupo, grita en tono desabrido:

“¡Todos al suelo!”

23 de febrero de 1981 - Factores de Poder

Obedezco.

Marisol ha recuperado el habla y me susurra desde el suelo “es Tejero”, y añade, desesperadamente. “¿porqué me habré metido en política?, esto es espantoso, no repito por nada del mundo”.

Que lástima, esto se acabó, pienso. Todo lo trabajado, imaginado y sufrido para que España llegara a ser una democracia acaba de ser indignamente rematado de la forma tradicional: la soldadesca pegando tiros.

Habían transcurrido apenas seis años desde que Franco muriera y todo parecía encajar en una nueva y largo tiempo esperada normalidad democrática. Teníamos elecciones, libertades garantizadas, reconocimiento internacional, incluso envidia generalizada. Todo al carajo.

Y en mi cabeza no cabían ni medias tintas ni justificaciones.

Tanto más cuanto que el comportamiento de la banda golpista confirmaba ante nuestros ojos las peores impresiones:

  • el enfrentamiento físico con el Vicepresidente Gutierrez Mellado,
  • la estupidez del guardia que sube a la tribuna para exigir silencio y anunciar, con manifiesta torpeza expresiva, que lo que tenga que ser nos será explicado por la autoridad competente, “militar, por supuesto”,
  • la ominosa conducción fuera del hemiciclo de Adolfo Suárez, Felipe Gonzalez y Santiago Carrillo,
  • la chulería manifiesta de los que con las metralletas en la mano recorren los pasillos del hemiciclo dedicándonos miradas en donde no se sabe si predomina la curiosidad malsana,
  • el odio acumulado o la soberbia del que cree haber vencido a los réprobos.

Y las dudas adicionales:

¿Cómo es posible que esto ocurra, han secuestrado al gobierno, al parlamento, a los medios de comunicación, al país, y nadie sabía nada?

¿Qué está pasando fuera del Congreso?

¿Alguien hace algo para cortarlo, dónde está y qué dice el Rey?

Me viene a la memoria el golpe de Pinochet en Chile, el 1973, y recuerdo con claridad, como si ayer mismo fuera, las imágenes de los bombardeos de los militares sublevados contra el palacio presidencial y los detenidos y amontonados en el estadio de futbol, y las múltiples noticias de arrestos, torturas y crímenes.

Pienso sin querer pensarlo que son esas las cosas que nos esperan y por un momento me imagino en el estadio Bernabéu, compartiendo angustia con centenares de colegas y amigos y esperando lo impronunciable: ¿la cárcel, la tortura, el fusilamiento, la muerte?   

Intento dibujar soluciones menos dramáticas y diseño en mi cabeza un esquema para la petición de asilo diplomático en la embajada holandesa, la que corresponde a la nacionalidad de mi mujer, Geraldine, e imagino que lo conseguiría sin dificultad para ella, mi hija Marta, de apenas cuatro años, y yo mismo.

Aunque la logística es dificil de establecer: ¿cómo y cuándo podré escapar de las garras de los golpistas, recoger a la familia y llegar a la representación de los Países Bajos?

No puedo evitar que al pensar en la familia se me encoja el corazón y los ojos se humedezcan. Hacía apenas dos años de mi secuestro a manos de los terroristas de ETA y me pregunto, casi como Marisol Arahuetes un rato antes, si me queda algún derecho para someter a los míos y a mis mismo a tal rosario de calamidades.

¿Aguantaremos, sobreviviremos, vale todo esto la pena?

El horror inicial, agravado por la amenaza que los golpistas profieren de quemar el mobiliario de la sala en el caso de que se interrumpa el fluido eléctrico, va dando paso a un encogido y temeroso silencio. En la distancia exterior se oyen de vez en cuando ruidos de aviones.

Imposible averiguar si se trata de vuelos comerciales o militares. Por la bancada se corre el rumor, a lo que parece originado en alguien que habia conseguido conectar su radio portátil, que el Rey se va a dirigir por radio y televisión al país.

Nadie está en situación de confirmarlo. Me asaltan otras preocupaciones.

¿Qué hacemos con la sesión de Madrid de la CSCE, que estarán pensando los delegados de los otros treinta y cuatro estados participantes al contemplar el espectáculo, habrán huido ya de España?

Me acomete una infinita vergüenza: la primera gran ocasión internacional que la España democrática albergaba en su seno desde tiempos inmemoriales, la gran muestra de reconocimiento a nuestra realidad doméstica y exterior, la culminación de tantos esfuerzos en los tempranos tiempos de la Transición, cortada de raíz por la locura suicida de los nostálgicos salva patrias.

Definitivamente no tenemos remedio.

La autoridad militar no comparece, el tiempo pasa, la disciplina de los uniformados visiblemente se relaja. Y los diputados retenidos comienzan a romper su silencio.

Incluso de moverse hacia los servicios, pidiendo previamente permiso de la autoridad, militar por supuesto. Veo que alguna diputada es evacuada, posiblemente por razones médicas. Marisol Arahuetes, que ha recobrado el habla, por lo bajines vocifera contra la guardia civil y los militares que han invadido el Congreso“hijos de puta”, musita.

golpe espana 1981

Jose Pedro Pérez Llorca, ministro de Asuntos Exteriores, desde la bancada azul, tres filas mas abajo, me hace signos para que me acerque, señalando a Leopoldo Calvo Sotelo, que está a su lado.

Me acerco cautelosamente sin que nadie me lo impida y Leopoldo, entre grave y sarcástico, como solía, me dice “tienes el récord de ser el único español de haber sido secuestrado dos veces, una por la izquierda terrorista y otra por la derecha golpista”.

Tiene razón y se lo digo, “no sé si glorioso título”, redondeo, pero añado “¿y qué hacemos ahora con la Conferencia de Seguridad, crees que podremos seguir con ella?”.

Su cara adquiere un rictus de profunda preocupación: “no me hables, no me hables. Además eso. No habia pensado en ello. Mañana conversamos, si todavia estamos vivos y libres”.

El final trastoca en farsa lo que habia comenzado en tragedia. Subo hacia los servicios situados tras el hemiciclo y veo a Blas Piñar sentado en su escaño con cara de contrariadas circunstancias. ¿Le habrán tratado los del golpe como si fuera uno de los suyos?

Joaquín Satrústegui ha tomado sonoramente la palabra sin que a ello nadie le incitara para precisar que el general Milans del Bosch, por el momento Capitán General de Valencia, y a quien los rumores que nos llegaban atribuían participación directiva del golpe, “es un hombre de honor que bien conozco y aprecio” o algo así.

Manuel Fraga, que evidentemente y con razón quiere desvincularse de cualquier sospecha que le relacionara con la asonada, pronuncia también palabras que se pierden en la confusión generalizada del momento terminal. Serían las diez de la mañana cuando salimos del Congreso en fila india, entre un pasillo, supremo e indigno sarcasmo, formado por los guardias civiles y militares que durante toda la noche, contra nuestra voluntad, contra las leyes y contra el sentido común, nos habían tenido amenazados y retenidos. Me siento profundamente herido en mi dignidad.

Almas caritativas de UCD nos esperan en la calle para llevarnos al Palace y ofrecernos algún leve refrigerio pero salgo corriendo hacia casa para fundirme en abrazo estrecho con Geraldine, entera, emocionada, y una Marta que admite gozosamente los besos del padre sin comprender demasiado lo que ocurre.

Mi mujer sale apresurada hacia el Palacio de los Congresos, donde está cumpliendo con su profesión de interprete en la CSCE y como tal traduce al ingles mis palabras esa misma tarde ante un plenario expectante y dubitativo:

…”los españoles hemos sufrido una atentado contra la libertad y la democracia orquestado por las fuerzas nostálgicas de la dictadura…ha prevalecido el orden constitucional…el Rey, el Gobierno de España , nuestras instituciones, yo mismo y la delegación que presido estamos comprometidos con el estado de derecho y nuestras garantías ciudadanas…y con la paz y la seguridad que esta Conferencia persigue…”.

Grandes abrazos, parabienes, besos, aplausos. Pero, en realidad, ¿qué pensarán de nosostros tras este lamentable espectáculo?

Max Kampelman, el jefe de la delegación americana ante la Conferencia, influyente miembro de la comunidad judía en los Estados Unidos, buen amigo, me pide almorcemos al día siguiente. Tiene algo importante que contarme, me dice.

La cosa es que el 23 de Febrero de1981, el del golpe, la comunidad judía internacional tenía prevista una reunion en Madrid, a celebrar en un restaurante de la capital.

Pero en la mañana del día de autos Max recibe una llamada para cambiar el lugar del ágape: será en casa del jefe español de la agrupación, Mauricio Toledano, y no en el restaurante abierto al público. Y al llegar a la casa privada de Toledano, ya con el golpe iniciado, las calles de Madrid vacías y silenciosas, acompañado por el servicio americano de seguridad, le recibe una persona desconocida que le acoge amistosamente y le dice que pertenece al servicio israelí de inteligencia y que estaba alli para cuidar de la reunión, cuyo lugar de convocatoria habia sido cambiado a última hora porque “habían recibido noticias de que ese día iban a ocurrir cosas graves en Madrid” y debían tomar medidas para proteger a los participantes. Me invade un avergonzado silencio que Max sabiamente comprende mientras pasa a tratar los temas de la agenda multilateral.

Javier Rupérez es Embajador de España y Académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.


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