Nuestras culpas

Por Patricia Poleo

Una noticia perturbadora, dolorosa, monstruosa, irrumpió en nuestra vida a través de las redes sociales el 23 de enero pasado.

En Argentina, una joven venezolana de apenas 18 años fue drogada y violada por su empleador, Irineo Humberto Garzón Martínez, a quien conocen como Santiago Garzón. La noticia se hizo más cruda cuando fue tatuada en nuestros ojos con las imágenes del rescate que se logró entre otras cosas, gracias a que una madre, madre al fin pues, se mantuvo en contacto permanente con la jovencita quien pudo avisarle ya casi sin aliento, que lo que tanto temía estaba ocurriendo: La psiquis caprichosa del monstruo que se antojó de la joven venezolana, lo llevó a tomar por la fuerza lo que se le había negado desde la honra.

Perturbador y doloroso el video, pero la frase que apenas pudo pronunciar la jovencita al ver a su madre fue como un taladro perforando conciencias: “¡Perdóname mamá!”.

Y las que somos madres, sobre todo de niñas, seguramente pensamos lo mismo que le respondió Thais a su hija: “Yo no tengo nada que perdonarte”.

Y es que, ¿perdonarle qué? ¿Que a los 18 años decidiera interrumpir lo que debió ser su ciclo normal de existencia, y en vez de estudiar saliera a trabajar para ayudar a la familia?

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¿Perdonarle que en vez de caminar feliz y disfrutar su juventud por las calles orientales del El Tigre en Anzoátegui, tuviera que emigrar junto a su familia hacia el Sur para labrarse lo que algunos consideran futuro?

¿Perdonarle que se negó a acceder a los bajos requerimientos de un criminal a quien la justicia argentina consideró inofensivo dándole la libertad?

¿Perdonarle algo a una niña venezolana de 18 años a quien, igual que a muchos, le debemos todo? Le debemos no haber podido defender su espacio, su territorio, su libertad, su derecho a crecer emocionalmente sin traumas que derrotar.

Cuando leí que había nacido en el Tigre, estado Anzoátegui, mi cerebro y mi rabia se escaparon hacia ti Tarek Wiliiam Saab, que hace 58 años, 40 más de lo que tiene esta jovencita, naciste también en El Tigre, estado Anzoátegui y la democracia te permitió quedarte ahí en Venezuela y ser lo que quisiste ser: un cómplice más de una dictadura que ha vomitado a nuestros hijos de su tierra, lanzándolos al infierno.