Editorial: El narcotráfico los une

Hay una razón bastante dolorosa e incómoda por la cual el chavismo sigue en el poder: Los opositores no saben qué hacer con el narcotráfico. Hasta que no se decida en cualquier escenario de transición el cómo quedan los carteles de la droga que usan a Venezuela como eslabón en la cadena de distribución del tráfico mundial de estupefacientes.

Para la vergüenza, dolor y sufirmiento de los venezolanos, su país es visto por el mundo de una forma peor a la que veían a la Colombia ochentosa, corrupta, periquera y violenta de Pablo Escobar. La guerrilla, los carteles y el zeitgeist narco se apoderó de un país con la mayor cantidad de reservas minerales del planeta.

Los venezolanos sufren la discriminación en los países a los que emigran, tratan de sobrevivir y siguen preguntándose si la situación venezolana habrá de mejorar al tiempo que la clase política opositora derrocha glamour en redes sociales.

El narcotráfico pasó a ser la principal actividad lucrativa para el chavismo luego de que dejaran destruída la industria petrolera.

Pablo Escobar no vivió lo suficiente para ver en Venezuela su sueño materializado: La constitución de un petronarcoestado capaz de poder escoger su oposición política en elecciones reconocidas internacionalmente, usar instituciones estatales como la empresa petrolera y los servicios de inteligencia para coordinar la mayor red de narcotráfico moderna.

El petronarcochavismo usa tanqueros petroleros para traficar drogas, esclaviza mujeres y niños en el Arco Minero para la extracción de oro y su venta a grupos guerrilleros colombianos, triangula material radioactivo con iraníes, realiza crímenes financieros con bancos europeos, es capaz de comprar un vicepresidente en España, de financiar movimientos que llegan al poder en Italia, de desestabilizar Chile y Bolivia con grupos irregulares.

Si el chavismo es capaz de cometer todas esas atrocidades —ganándose la designación de organización del crimen internacional— ¿Por qué la dirigencia opositora se sienta con ellos de forma repetida a cuadrar cuotas de poder en todas las formas vistas?

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El zeitgeist comeflor de “paz, amor y tolerancia” no funciona con un movimiento político como el chavismo que se estrenó en la vida pública venezolana con sangre y fuego. No hay reconciliación posible.

Vale la pena estudiar qué hizo Juan Guaidó por defender su autojuramento en Chacao en materia militar cuando dijo que asumía las competencias del ejecutivo.

Dentro de esas competencias está el tener que desarrollar una política militar, cosa que la oposición, entre su retórica antimilitarista de extracción ideológica Allendista y —mal—asesorada por civiles que creen saber más de lo que pasa en una barraca que un cadete, tiran a la basurta la oportunida de hablar con un sector fundamental para la reconstrucción del país.

¿Que podía hacer Juan Guaidó como presidente interino en materia de militar? ¿Pactar con Clíver Alcalá, el operador militar del Cartel de la Guajira? La realidad es que pudo haber hecho muchísimas otras cosas, excepto que estaba muy ocupado mejorando su posición personal, la de su familia y colaboradores.

En lugar de generar políticas de defensa, de rearme ciudadano, la oposición prefirió jugar con los narcos al juego de la cohabitación.

Por más retóricas antidrogas y de luchas contra terrorismo que Iván Simonovis —otro de las fichas de Juan Guaidó para la defensa del país— escupa por sus redes sociales, la realidad es otra: La complacencia de una oposición que sabe a quiénes se enfrenta, y por convenciencia, desarrolla todas sus moviedas en función de preservar su estatus.

La famosa “pizza” —el eufemismo de la ansiada intervención extranjera— no fue otra cosa que un espejismo para entusiasmar a una ciudadanía que abrazaba a su caudillo de turno, un títere de Leopoldo López, con exposición a operadores financieros del chavismo.

¿Que decir de los soldados y policías que Guaidó dejó secarse en la frontera tras el Cucutazo? ¿O de la Operación Gedeón?

El narcotráfico los une: Gobierno y oposición falsaria. En casos como éstos —como hemos aprendido del pasado con los clásicos— el tiranicidio está plenamente justificado.

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