Editorial: La Vergüenzuela del toyobobo

En la Vergüenzuela del toyobobo—no Venezuela—, la máxima de algunos influencers de “fingirlo hasta lograrlo” pareciera ser el lema. El derroche de lujo que los venezolanos ven atónitos en las redes sociales de manos de personajes desconocidos, que hicieron una fortuna inexplicable gracias a la proximidad del dinero malhabido ocupa lo que se conoce como “la arrechera cotidiana”.

Por las calles de las ciudadades venezolanas —y algunos pueblitos— estos hombres se desplazan en vehículos de lujo, ataviados con costosas prendas, con voluptuosas mujeres a sus lados. Se retratan con gruesos fajos de billetes, usan lenguaje soez, misógino y poco elocuente.
Son hombres nuevos revolucionarios que dejan que las apariencias los definan.

Cuando Fidel Castro fue entrevistado por Oliver Stone en uno de sus documentales, el mandatario antillano alardeaba que las prostitutas de su país tenían títulos universitarios, inciso que nos lleva a la nueva mujer revolucionaria venezolana: Guapa, voluptuosa —natural o de quirófano—, con frecuencia formada en instituciones de educación superior que para mantener —o aparentar un status quo— se codea con hombres corruptos poderosos, siempre como accesorio —nunca vista como una pareja, novia, esposa o compañera sentimental— utilitaria, de adorno, como un pedazo de carne a ser exhibido en el festín, cuyo único propósito es satisfacer las bajas pasiones del macho de turno.

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El Toyobobo como cosmovisión chavista

Toyobobo es un término popularizado en internet que hace referencia a ciertas personas que —en términos marxistas— exhiben un “fetiche por lo material”, en este caso por el fabricante automotriz de la tierra del sol naciente.

Este curioso y corrupto fenómeno sociológico del nuevorriquismo impúdico, kitsch y desvergonzado que son los toyobobos, tienden a ser personajes necesitados de grandilocuencia y atención.

Las ocurrencias del toyobobo, que a veces se disfrazan de “humor” revelan a un grupo social que pasó de pedir prestado para comer y montarse en transporte público a descorchar botellas de Dom Perignon en un yate en Lechería o cualquier paraíso tropical perturbadoramente perfecto que conforman la geografía insular venezolana al ritmo caribeño del reggaetón rodeado de mujeres escasamente vestidas de moral cuestionable.

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Compran vehículos de esta marca —y otras incluso más costosas—, y “los envenenan”, colocándoles accesorios de costosas marcas en talleres especializados que pertenecen a individuos vinculados al sector de la defensa, de las contrataciones públicas vinculadas a las minas, y a las otras mafias que plagan la geografía venezolana.

La sociedad venezolana mostró su repudio a una reciente publicación en redes sociales de una empresa de blindaje que mostraba los aspectos más decadentes de una Vergüenzuela de lentejuela, tacones, extensiones, silicona y cocaína.

Esa fachada artificial de concesionarios de lujo, de bodegones del narcolavado; esa pretensión de querer hacer de la depauperada Venezuela una pantalla de prosperidad a manera de verbena anarcocapitalista provinciana, guapa, dicharachera, pretensiosa, desaprensiva y chata no aguanta más.

Los intelectuales del país, cuyas gargantas todavía saborean el marxismo lightgluten-free, que se la pasan citando en sus columnas a las rebeliones polimorfas de Herbert Marcuse, Teodoro Petkoff y Theodor Adorno hoy se quejan de los excesos revolucionarios cuando muchos votaron por el Polo Patriótico en 1998.

El weltanschaaung chavista pasó de las causas por los pobres a andar “arrebatado dando vuelta en la jeepeta con una rubia que tiene grandes las tetas”, como dice la lírica reggaetonera tan de moda en TikTok, que es donde les gusta derrochar físico a los toyobobos.

Nos enfrentamos a una casta opositora formada en el ancien régime guanábano —y con añoranzas de revivirlo— que son los mismos que se quejan del chavismo y sus excesos cuando tienen admiraciones por André Gorz, Simone de Beauvoir, y Jean Paul Sartre, que decoran sus casas con obras de Frida Kahlo y que suben estrofas de Pablo Neruda a sus redes sociales y ahora se aferran las nuevas causas izquierdistas de moda en un país con problemas reales.

Esta lamentable paradoja que ocurre en el albor de una nueva década que no parece haber superado al postcomunismo y los oníricos pronósticos de hombres como Francis Fukuyama.

De las ganancias de la libertad artística, sexual, y religiosa que los herederos del Mayo francés de 1968 consideran conquistas, avances y logros nos queda el ascenso de un islam radical en Medio Oriente, un puritanismo americano que no le importa lo que ocurra al sur de sus fronteras y esta Venezuela artificial en la que unos andan regodean una abundancia que se encarna en una moneda imperial verde calificada de esclavista por la tropa radical que gobierna el país.

El dinero, no así la economía ocupa la fantasía del toyobobo y su cotidianidad, acompañada de Viagra, perico y ron —malos consejeros—dan el retrato de una Vergüenzuela identificada con una cantidad de botines dispersos en la administración pública.
Hoy, cuando el dinero escasea para la mayoría de los venezolanos, el dolor, resentimiento y rabia de los huérfanos de prosperidad, buscan en la vía fácil que ofrece el dinero malhabido un salvavidas a costa de perder todo sentido de la moralidad.

Mira la cobertura de Patricia Poleo sobre el caso Toyobobo

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