Javier Rupérez: Restaurar la reputación, recuperar la confianza. Parte 1 de 5

“Restaurar la reputación, recuperar la confianza” son una serie de artículos que Factores de Poder publicará a partir de hoy. La primera de cinco entregas que tratan sobre el estado político actual del Reino de España bajo la óptica de Javier Rupérez, con la edición y adaptación de nuestro equipo editorial para ser compartidas con nuestros seguidores a lo largo de estos días de asueto de Semana Santa.

Primera parte: Las vicisitudes de la imagen: ¿Cómo nos ven?

por Javier Rupérez, desde España

Con independencia de algunos acontecimientos puntuales que al respecto pudieran haber sembrado alguna duda, y en particular el golpe de estado militar del 23 de febrero de 1981 —desmontado por el Rey Juan Carlos I y que en definitiva sirvió indirecta e involuntariamente para reforzar las convicciones democráticas del sistema y de la ciudadanía— la orientación seguida por el país desde aquel momento se basaba fundamentalmente en tres características.

España quedaba conformada como un país regido por la democracia parlamentaria, dispuesto a participar plenamente en el proceso de construcción e integración continental representado por lo que acabaría siendo la Unión Europea y ,simultáneamente, abierto a la integración en los aspectos políticos y de seguridad del mundo llamado occidental a través de su integración en la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN.

Esa España europea, democrática y occidental se regiría por el sistema económico vigente en los paises del entorno geográfico e ideológico y, en líneas generales, conocido por la economía social de mercado.

Javier Rupérez

Tales características fueron muy pronto las que definieron el ser interior y exterior de España y contribuyeron poderosamente a la adquisición de una excelente reputación internacional y a una no menos importante evolución de la autoestima en la psicología colectiva de sus habitantes, características ambas conspicuamente ausentes durante los tiempos que los españoles vivieran bajo una dictadura, entre 1939 y 1975.

Sin descontar por supuesto la negativa conflictividad de los recuerdos acumulados  como consecuencia de la Guerra Civil entre 1936 y 1939.

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Fue esa nueva y positiva reputación la que consolidó la confianza que el país despertaba entre propios y ajenos; veamos algunos ejemplos:

La adhesión a la OTAN en 1982.
La celebración en Madrid de la III sesion de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE) entre 1980 y 1983.
La firma de los tratados constitutivos de la Comunidad Económica Europea en 1986.
La convocatoria de las Cumbres Iberoamericanas a partir de 1991.
La conferencia de Madrid sobre la paz en el Oriente Medio también en 1991.
Los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 con la Exposición Universal de Sevilla el mismo año.
La elección de un español, Javier Solana, como Secretario General de la OTAN en 1995.
La entrada de España en el euro en 2002.

Estos eventos sirven para señalar sólo algunos de los aspectos que en la práctica de las relaciones internacionales están estrechamente vinculados a la reputación que el país y sus ciudadanos despiertan y consiguientemente a la confianza que merecen.

No cabe afirmar que en los años subsiguientes todo fuera perfecto en el comportamiento doméstico o internacional de España pero las características que los españoles habían escogido como suyas fueron en lo general razonablemente aplicadas y seguidas, creando con ello una referencia de solvencia, fiabilidad y previsibilidad, elementos indispensables para la construcción, el mantenimiento y desarrollo de relaciones políticas y económicas en todos los terrenos.

De haber sido durante decenios un país aislado y ajeno España había logrado convertirse en un miembro presente y solvente de la comunidad internacional.

Javier Rupérez

Los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 abrieron una brecha en tales percepciones, no sólo ni únicamente por las vacilaciones gubernamentales a la hora de precisar las responsabilidades correspondientes sino también por la abierta confrontación entre las fuerzas políticas mayoritarias para obtener réditos de la tragedia —Conviene recordar que las elecciones generales estaban previstas para tres días despues, el 14 de marzo, y en esa fecha tuvieron lugar— y por la patente división ciudadana a la hora de mostrar un sentimiento unánime de solidaridad y apoyo mutuo frente a la agresión.

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11 de marzo de 2004 en Madrid

Fue visible, por ejemplo, el estupor de los medios sociales y de comunicación norteamericanos al comprobar la diferencia de comportamientos entre dos ciudadanías agredidos por una similar voluntad terrorista para producir matanzas en masa: los habitantes de los Estados Unidos, sin distinción de ideología, origen, clase social o nivel académico, mostraron un profundo y unánime  sentido de rechazo a la agresión y ayuda al agredido con ocasión de los atentados yihadistas contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington el 11 de septiembre de 2001, sentido que los españoles, en parecidas circunstancias, habían sido incapaces de manifestar.

Cabe recordar la fecha del 11 de marzo de 2004 por esos motivos y además por haber sido el preámbulo, en las elecciones subsiguientes, de un cambio en la dirección política del país en gran medida asociada a una voluntad significativa de alteración de los parámetros fundamentales con los que España había conducido su política interior y exterior desde 1977, año de las primeras elecciones generales, en un ritmo de alternancia bipartidista que parecía haber desarrollado raíces de cierta permanencia.

El nuevo presidente del Gobierno, el socialista Jose Luis Rodríguez Zapatero, ya había mostrado sus inclinaciones cuando con ocasión del desfile conmemorativo de la Fiesta nacional celebrado el 12 de octubre de 2003 en el paseo de la Castellana de Madrid, y siendo jefe de la oposición, permaneció hoscamente sentado mientras desfilaba un batallón de infantería de marina de los Estados Unidos, calurosamente aplaudido por el resto de los que ocupaban las tribunas oficiales puestos en pie.

Pocos meses después, en el mes de junio del mismo año de 2004, Zapatero ordenó la retirada del contingente militar español que se encontraba desplegado en Irak al amparo de la Resolución 1483 del Consejo de Seguridad de la ONU.

La decisión del presidente americano George W. Bush de invadir el país en marzo de 2003 había provocado una honda división entre los aliados occidentales.

El Gobierno español que presidía José María Aznar prestó su apoyo político a la medida pero no hubo tropas españolas en el contingente que protagonizó la acción bélica.

La cobertura acordada por las Naciones Unidas inmediatamente después de la invasión contaba con la legitimidad del organismo y con la necesidad de sentar las bases para la reconstrucción del país tras el gobierno de Sadam Hussein y la unilateral acción de los USA.

La retirada de las tropas españolas en esas circunstancias agrietó de manera considerable las relaciones bilaterales españolas con Washington —Zapatero nunca sería recibido en la Casa Blanca— y trasmitió al resto de los observadores en la esfera internacional —socios, aliados, amigos, adversarios— la noción de que la España occidental podía comenzar a ser otra cosa.

Sensación ésta agudizada cuando en su política económica Zapatero procuró seguir pautas que le acercaban más a los modelos intervencionistas y estatalizadores del mundo latino bolivariano que desde Cuba había contagiado otros paises del área, como Venezuela, Nicaragua o Bolivia, que a los usualmente seguidos en las esferas del mercado libre, produciendo importantes disfunciones en la economía española.

Su recorrido final estuvo dramáticamente marcado por las ramificaciones de la crisis financiera que en 2008 habia comenzado con la quiebra de Lehman Brothers y a cuyas consecuencias en la esfera doméstica sólo decidió hacer frente cuando el embajador de los Estados Unidos en España, Alan Solomon, siguiendo instrucciones directas del entonces presidente Barack Obama, urgió al presidente español la adopción de medidas de contención que pudieran detener las peores manifestaciones de la crisis. España no estaba en sus mejores momentos reputacionales.

Tampoco en el mejor estadio de la confianza que los demás le prestaban. Solo la terca resolución mostrada por Mariano Rajoy ya como presidente del Gobierno y a partir de 2011 fue la que consiguió evitar, con duras medidas de racionalidad económica, el descrédito del “rescate” y con ello retener en términos residuales la reputación y la confianza de la que se vió privada la Grecia de Tsipras y Varoufakis, claramente entonces el último por la cola de los socios europeos.

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Javier Rupérez, Embajador de España en EEUU, exdiputado, dirigente del Partido Popular

La segunda parte de esta serie escrita por Javier Rupérez se colgará mañana a la misma hora.

Javier Rupérez en Factores de Poder

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