China se burla de la hipocresía y engaños de Occidente

Seamos francos. Casi todas las fuentes de opinión política consideradas prestigiosas en Occidente sufren de disonancia cognitiva. Tan delirante como su recurrente negación de la realidad, es la ausencia de un mínimo de coherencia en esa negación.

No es fácil —incluso podría parecer arrogante— entretener la idea de que la mayoría los medios, políticos e intelectuales están cargados de patrañas, excepto uno, simple mortal cuyos ahorros no llegan a fin de mes, cuya visión por alguna razón sí se acerca a lo verdadero. Sin embargo las lamentables contradicciones de nuestros reputados líderes de opinión se muestran evidentes, tan palpables que sirven para aliviar la noción de que quienes discrepamos del pensamiento hegemónico somos los lunáticos.  

La hipocresía desvergonzada de los formadores de opinión —de todos los espectros— puede constatarse en numerosas temáticas y facetas. No obstante, a veces resulta útil que un observador externo como China haga mofa de esta situación para dejar aún más expuestas las ridículas creencias de quienes controlan los flujos de contenido en nuestro mundo. Veamos algunos ejemplos.

Derecho a la protesta para ellos, pero no para nosotros

Durante el último año hemos visto imágenes realmente perversas de represión en Alemania, Francia, el Reino Unido, Canadá y otros presuntos faros de luz de la libertad contra activistas, científicos y médicos que han tenido la osadía de cuestionar las duras medidas que se han aplicado con el pretexto del coronavirus. El silencio de los medios ante estos claros abusos de autoridad contrasta con el ruido que hicieron hace pocos días por la represión a protestas en Moscú.

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De izquierda a derecha, de norte a sur, periodistas y políticos del mundo se horrorizaron moralmente por los eventos del 6 de enero en Washington y la denuncia de fraude. La narrativa de “turba violenta” e “insurrección fallida”  a la que se sumaron todos estos opinadores en efecto está siendo usada para aplastar la disidencia política en EEUU y otras partes del planeta.

Sin embargo, las manifestaciones en el Capitolio fueron mucho más dóciles que la Primavera Árabe, las revueltas en la Plaza de la Independencia en Ucrania durante 2013 y 2014 o las protestas en Hong Kong y Bielorrusia que se vieron en 2019 y 2020. La mayoría de los medios —insisto, de todas las tendencias— trataron estos últimos eventos con benevolencia.

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Cuando los manifestantes de Hong Kong usaron la fuerza para irrumpir en la legislatura en julio de 2019, el New York Times redactó: “Por semanas, el movimiento de protestas de Hong Kong se ha mantenido en el camino correcto. Pero los manifestantes sienten que la no-violencia ha fallado y que un enfoque más confrontacional era necesario para proteger las libertades de Hong Kong“.

Nacy Pelosi catalogó las protestas en Hong Kong como “una hermosa vista para los ojos”. Tal vez no invitó directamente a la violencia, pero es entendible que las autoridades chinas le hayan recordado este episodio para dejar en evidencia su contradicción.

Uno de los directores del medio estatal China Daily escribió: “Nancy Pelosi se refirió a los manifestantes violentos de Hong Kong que destrozaron tiendas y lanzaron bombas de petróleo como «una hermosa vista», me pregunto cómo llamará a este tipo que solo le hizo una visita a su oficina y no parece ser nada violento”.

Control poblacional para nosotros, pero no para ellos

Mao Tse-tung escribe sobre las contradicciones inherentes de nuestro sistema. No es casual que China le saque provecho a estas discordancias intelectuales de nuestras élites. Un caso emblemático es la forma en que el embajador chino de Granada, Zhao Youngchen, describe la represión de su gobierno a los musulmanes Uyghur en la región de Xinjian:

“Por mucho tiempo, el extremismo islámico en Xinjiang obligó a los no-creyentes a que creyeran en el Islam, impuso la integración entre el gobierno y la religión, prohibió a los Uyghurs a celebrar matrimonios Uyghur tradicionales, escuchar música moderna, bailar y otras actividades culturales. Ese islamismo también discriminó contra las mujeres y las obligó a usar velos y túnicas negras. Para las mujeres racionales y decentes del mundo occidental, ¿no consideran que la protección de derechos humanos básicos de las mujeres Uyghur por parte del gobierno chino debería ser elogiada?

Si usamos los estándares de liberales y izquierdistas que promueven políticas de “liberación femenina” en sus países, no se debería condenar a China por hacer lo mismo. Bajo los parámetros occidentales, China no está oprimiendo a la minoría Uyghur o destruyendo su cultura, simplemente está promoviendo la emancipación de las mujeres frente a fanáticos religiosos. Y el gobierno chino de forma cínica aprovecha esto para maquillar su política represiva contra los Uyghur.

La embajada de China en Estados Unidos hizo un tuit que —valiéndose de la narrativa progreliberal— pudo haber mareado a unos cuantos al hacerles caer en cuenta de sus recurrentes contradicciones, sumado a un muy tenue humor negro:

“Un estudio muestra que en el proceso de erradicación del extremismo, las mentes de las mujeres Uyghur en Xinjiang fueron emancipadas y la equidad de género y la salud reproductiva fueron promovidos, logrando que ya no fueran máquinas de hacer bebés. Ahora son más seguras e independientes”.

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El entramado mediático occidental calificó el tuit como algo vil, fue reportado masivamente y el mensaje fue removido por la compañía tecnológica.

Ahora bien, ¿cuál era exactamente el problema con este mensaje? Peores cosas se han escrito desde posiciones de autoridad que parecen compartir la misma línea de pensamiento. Cuando Argentina legalizó el asesinato de bebés no-nacidos por cualquier tipo de causa, la celebración en los más grandes medios no se hizo esperar. Se trató de un gran triunfo feminista que ampliaba la emancipación de la mujer.

Por dar otro ejemplo, la novela y serie de televisión The Handmaid’s Tale que ataca frontalmente los valores cristianos de quienes apoyan familias grandes y estables, ha sido enarbolada como ícono de la lucha contra el patriarcado y los mal llamados “derechos reproductivos”.

De acuerdo con el pensamiento ortodoxo de la época, la monogamia, las familias grandes y los roles de género tradicionales son formas siniestras de opresión —lo mismo que argumentó el gobierno chino respecto a su abordaje de este “problema” de machismo dentro de la comunidad Uyghur—.

Para entender este punto, se debe tomar en cuenta que un sector del mundo occidental está seriamente preocupado por los bajos niveles de natalidad que presentan especialmente los grupos étnicos cristianos y/o descendientes de algún país europeo. A estos sectores les preocupa que la demonización del matrimonio junto con la familia nuclear, sumada a la promoción de las parejas inter-étnicas, la inmigración de culturas distintas, el aborto, los métodos anticonceptivos, la preeminencia de lo laboral en las mujeres, entre una larga lista de factores, están contribuyendo, consciente o inconscientemente, a la eliminación las culturas cristianas y la reducción de los grupos étnicos de origen predominantemente europeo. Estos últimos son acusados de paranoicos por plantear tales cosas.

Es por ello que el Gobierno húngaro incentiva la creación de familias grandes. En respuesta, en 2018 la empoderada y antigua Ministra para la Seguridad Social de Suecia, Annika Strandhäll, comparó esta política húngara con el Nazismo. Dijo que socavaba la “independencia por la que las mujeres han estado luchando”. ¿Entonces los chinos le están brindando independencia a las mujeres Uyghur?

Según el New York Times, lo que ocurre en China más bien es un genocidio en tanto el “Partido Comunista Chino gradualmente ha establecido políticas que amenazan la cultura e identidad Uyghur”. También se queja de que “hay incentivos financieros para que se den matrimonios interétnicos entre los Uyghur y los chinos Han (grupo étnico mayoritario en China)”.

La contradicción se hace evidente cuando esos mismos medios y políticos celebran el multirracialismo y políticas antinatalidad dentro de sus propios países. No solo lo celebran, también lo empujan, también lo incentivan. ¿Por qué está mal si lo hace China? Es más, deberían considerar la posibilidad de que —al igual que aseveran que la población de piel blanca o los cristianos no tienen cultura y poseen una tendencia natural al racismo— la cultura Uyghur tal vez sea problemática para la sociedad.

Los oficiales chinos están muy conscientes de esta contradicción. Frente a la acusación de que China busca reemplazar y eliminar la población Uyghur, el embajador Yongchen responde usando satíricamente las mismas líneas discursivas de Occidente: “Por más de 30 años, las tasas de natalidad de los blancos en Estados Unidos y Gran Bretaña han ido declinando, y el problema se ha vuelto cada vez más serio. ¿Puede ser que en esos países también empujen una política de genocidio de la población blanca? ¡Por supuesto que no!”

China no es libre, tampoco lo es Occidente

Ironías aparte, lo que ocurre realmente es que el Partido Comunista Chino ve a los Uyghurs como un problema para su país. Los líderes chinos ejecutan políticas para dinamitar su cultura e identidad, además de evitar que se reproduzcan. Los periodistas occidentales saben muy bien esto y lo condenan. Sin embargo, en Europa y América promueven las mismas políticas demográficas contra la población cristiana y de origen europeo.

Una contradicción similar se presenta cuando salivan por las protestas en Rusia o pero pegan el grito al cielo cuando —por razones incluso más trascendentales— manifestantes estadounidenses expresan su rabia contra un sistema corrupto. Lo propio ocurre si les indigna la represión en China pero callan frente a la irrupción violenta de la policía dentro de la casa de un científico en Alemania.

Todo se trata de no salirse de los márgenes permitidos por sus autoridades intelectuales —de izquierdas o derechas—, pues al final no les interesa la verdad sino la aprobación vanidosa de su nicho ideológico particular.

Si yo fuese chino, sería una calamidad no poder criticar al Presidente Xi Jinping sin sufrir serias consecuencias. Sin embargo, a lo largo y ancho de Occidente, especialmente en el “faro de la libertad” Estados Unidos, tampoco es posible hablar libremente — o incluso hacer memes— de George Floyd, Black Lives Matter, la corrupción política, las cuarentenas y toda una serie de tópicos “vetados” por los poderosos sin la posibilidad de sufrir repercusiones graves. China no es libre, pero tampoco lo es Occidente. Quienes siguen promoviendo esta ilusión no defienden principios, sino regímenes políticos.